Visita del Nuncio Apostólico a la II Capacitación Proyecto Raquel

 

“Para nosotros que, por la gracia de la fe, hemos conocido a Jesucristo, este servicio no puede ser otro que amar a los demás, conscientes que en ellos contemplamos el rostro de Jesús. Este servicio requiere también sacrificios porque se trata del don de sí mismo. Este amor conduce a Jesús que libra del peso del pecado, la muerte y da vida nueva. Nuestra fe y esperanza están, como escribe San Pedro (1 Pe 1, 18-25), puestas en Dios que nos ha purificado para amarnos sinceramente los unos a los otros con un corazón puro, sin pretensiones y prejuicios, sin poner condiciones y siempre listos a echar la propia vida en la brecha para salvar al menos a algunos” Mons Emil Paul Tscherrig (a los voluntarios de Grávida en la Misa de apertura de la Capacitación de Proyecto Raquel en Argentina)
Homilía completa. Misa de Apertura de la Capacitación de PR en Argentina
Queridos hermanos del Centro de Asistencia a la vida naciente, Hermanos y hermanas en Cristo:
Deseo agradecer a la Sra. Diana de Castillo, directora nacional de Asistencia a la vida naciente por haberme invitado a la S. Misa de apertura de este encuentro para la Sanación Post Aborto del “Proyecto Raquel” a cargo de los responsables de Proyecto Raquel en España. Saludo particularmente nuestros amigos de España y les auguro una fructuosa permanencia en Argentina. Tengo el gozo de transmitirles a todos la bendición del Santo Padre Francisco y su agradecimiento por la labor que Ustedes están desarrollando en la defensa de la vida.
En el evangelio que hemos apenas escuchado, Jesús y sus discípulos están en camino hacia Jerusalén. Son los últimos días de la vida terrenal de Jesús y su fin se acerca. San Marcos comenta que los discípulos están asombrados y los que lo seguían tenían miedo. En esta situación Jesús llama a los doce y les anuncia lo que les espera en Jerusalén. Es ya la tercera vez que habla de su pasión y muerte, pero Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, no parecen preocupados por el destino del Maestro sino por su propio futuro. Ellos piden a Jesús que les reserve las posiciones más prestigiosas en su futuro reino. Cuando Jesús interpela afirman con tono heroico que podrán beber el cáliz que Jesús beberá y recibir el bautismo que él recibirá. Pero como bien dice el Papa Francisco: ellos están ansiosos por ocupar espacios y aun no son capaces de integrarse en el plan de Dios.
Pero el Maestro los hace bajar de las alturas, del propio egoísmo y les da una lección que vale también para nosotros: “el que quiere ser grande que se haga servidor de ustedes, y el que quiera ser el primero que se haga servidor de todos”. Él mismo no ha venido para ser servido sino para servir y dar su vida por una multitud (Mc 10, 32-46)
Para nosotros que, por la gracia de la fe, hemos conocido a Jesucristo, este servicio no puede ser otro que amar a los demás, conscientes que en ellos contemplamos el rostro de Jesús. Este servicio requiere también sacrificios porque se trata del don de sí mismo. Este amor conduce a Jesús que libra del peso del pecado, la muerte y da vida nueva. Nuestra fe y esperanza están, como escribe San Pedro (1 Pe 1, 18-25), puestas en Dios que nos ha purificado para amarnos sinceramente los unos a los otros con un corazón puro, sin pretensiones y prejuicios, sin poner condiciones y siempre listos a echar la propia vida en la brecha para salvar al menos a algunos.
Por lo tanto la misión del ser humano y, sobre todo la del cristiano, es dar la vida y no tomarla. Pero anunciamos este Evangelio de la vida en medio de la corrupción humana, de las luchas cotidianas y de la miseria humana. Estamos confrontados con la soberbia humana que continuamente tiende la mano hacia el albor de la vida (cfr. Gen 2, 9). El imperativo cristiano de servir a la vida se enfrenta con la demanda de la libertad absoluta del individuo este “dios” que nos invita a dominar sobre los otros y esclavizar la vida del otro y también a la vida naciente.
En su Exhortación Apostólica “Sobre el Amor en la familia” (Amoris Laetitia), el Santo Padre Francisco observa que son el debilitamiento de la fe y la práctica religiosa y la sensación general de impotencia frente a la realidad socioeconómica que a menudo aplastan a las familias. Las consecuencias son la crisis demográfica, la fatiga de acoger la vida naciente y de sentir la presencia de los ancianos como peso (n. 43). A pesar de ellos el Sínodo destacó que la familia es el santuario de la vida, el lugar donde la vida “es engendrada y cuidada” y no da un lugar donde la vida es negada y destrozada (n. 83). Por tanto la relación final del Sínodo declara una vez más: “Es tan grande el valor de la vida humana, y es tan inalienable el derecho a la vida del niño inocente que crece en el seño de su madre, que de ningún modo se puede plantear como un derecho sobre el propio cuerpo la posibilidad decisiones con respecto a esa vida, que es un fin en sí misma y que nunca puede ser un objeto de dominio de otro ser humano” (ídem). La exhortación papal dedica todo el quinto capítulo al “Amor que se vuelve fecundo” (n 165ss).
Este capítulo nos da algunas indicaciones que me parecen también útiles para la misión de Grávida. Me permito mencionar dos: “Si un niño llega al mundo en circunstancias no deseadas” los padres o los otros miembros de la familia deben hacer todo para recibirlo con apertura y cariño. La vida naciente por tanto no es un tema que reguarda únicamente a la madre o a la pareja, sino involucra a toda la familia e invita a la solidaridad familiar (n.166). Además, el Papa destaca una realidad maravillosa: el milagro de la vida naciente hace participar a la madre del misterio de la creación. La vida naciente debe recordar a la madre que este niño es un proyecto eterno de Dios Padre y de su amor eterno (cfr. Ps 139, 13). Cada niño está en el corazón de Dios desde siempre y al momento de la concepción se cumple el sueño eterno del Creador (n.168). ¡Qué pensamiento hermoso! Y ¡Qué misión noble aquella de ayudar a la madre de una vida naciente comprender el milagro que se desarrolla en su seno! Por eso Francisco se dirige directamente, y con cariño y afecto, a cada mujer embarazada y la invita: “Cuida tu alegría, que nada te quita el gozo interior de la maternidad. Ese niño merece tu alegría. No permitas que los miedos, las preocupación, los comentarios ajenos o los problemas apaguen esa felicidad de ser instrumento de Dios para traer una nueva vida al mundo” (n.171).
Es propiamente su servicio, hermanas y hermanos, salir “al encuentro de la mujer embarazada en dificultad para cuidarla a ella y a su bebé” (Lema 2016). Es un servicio que requiere ternura y misericordia. En este año santo de la misericordia el Papa Francisco nos ha invitado a practicar de manera especial las obras de la misericordia. Como ya saben, la tradición de la Iglesia distingue siete obras corporales y siete obras espirituales de la misericordia. En su ayuda a la mujer embarazada en dificultad están practicando las dos. Lo hacen cuando dan de comer a una mujer hambrienta; cuando dan de beber a la sedienta; cuando dan posada a la necesitad; visten a la desnuda; visitan a la enferma; socorren a las presas y en circunstancias particulares entierran a las muertas. Pero en su servicio cumplen también las obras espirituales de la misericordia cuando enseñan a las que no saben; dan buen consejo a la mujer que se encuentra en necesidad; corrigen a las que están en el error; perdonan, y enseñar a perdonar, las injurias; consuelan a la triste; sufren con paciencia los defectos de los demás y ruegan a Dios por vivos y difuntos.
Puede ser que a veces se sientan desbordados por la multitud de los problemas que encuentran, los sufrimientos de las madres sin protección y sin amor, de las mujeres con hijos abandonadas a su propio destino, de las mujeres que como acto desesperado han abortado y que sufren el trauma del post-aborto. Esta experiencia de los fracasos humanos, la pequeñez humana duele y pesa. Pero no olviden que la fuerza de la resurrección ha penetrado la vida humana de manera maravillosa y sorprendente. Así, en medio del fracaso surge siempre algo nuevo. Según el Papa Francisco “Habrá muchas cosas negras, pero el bien siempre tiende a volver a brotar y a difundirse. Cada día en el mundo renace la belleza que resucita transformada a través de las tormentas de la historia… Esa es la fuerza de la resurrección y cada evangelizador es un instrumento de ese dinamismo” (EG, 276).
Y quisiera agregar otra palabra del Papa Francisco que me consuela mucho. El escribe en las últimas páginas de Evangelii Gaudium: “Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor de Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia. Todo eso da vueltas por el mundo como una fuerza de vida” (EG, 279).
Por lo tanto gracias por todo lo que hacen por la vida y especialmente por la vida naciente, las mujeres embarazadas y los niños. Gracias por ser presentes donde la vida está en peligro y hay necesidad de ternura y misericordia. Gracias por su testimonio cristiano sobre el inestimable don de la vida, que es luz y alegría. Cada nueva vida, como dijo Madre Teresa, es una señal de que Dios está presente y que no ha abandonado a la humanidad. Que el Señor bendiga su apostolado y a todas las mujeres y niños que experimentan su ternura y misericordia. Y que María, nuestra Madre celestial, los acompañe siempre con su cercanía y protección Amén.
Mons Emil Paul Tscherrig 25.05.2016

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